Despertando...
Sobresaltada. Faltándome el aire abro los ojos. Y, los primeros instantes, no soy capaz de distinguir si todo ha sido una pesadilla o es real. Me ahoga la pena. Intento incorporarme y no tengo fuerzas suficientes para hacerlo. Quiero detener mi mente, va demasiado rápida. Intenta asimilar todo lo sucedido.
Al principio era todo precioso, pero se convirtió en algo lleno de angustia, de miedos, de dolor, de tristezas y, sobre todo, de decepciones. Quizás ésto último fue lo peor.
Pero, entonces, respiro profundamente y me doy cuenta de que todo fue un sueño. Un horrible sueño. La peor pesadilla que jamás imaginé tener... No podía ser realidad... Nadie pudo quererme tanto y, de repente, dejar de hacerlo. Nadie, con un buen corazón, podría ser capaz de mirarme a los ojos y mentirme. Nadie. Era imposible. Así que, sin duda alguna, todo sucedió una noche. Fue un sueño horrible.
.
.
.
.
.
Confirmé mis sospechas al mirar a mi alrededor.
Miré a través de un cristal y pude ver un inmenso mar que se perdía en el horizonte. Y, entonces, me cruzé con unos ojos oscuros que miraban a los míos fijamente.
Seguí mirando y descubrí miles de abrazos escondidos, esperándome por si los necesito.
Miré aún más y encontré sonrisas cómplices, y risas (porque pese a las penas siempre algo nos hace reír), y secretos inconfesables...
.
.
.
Y, entonces, sentí que había despertado. Al fín. Volví a mi realidad. A mi vida.
.
.
.
.
.
No quiero más pesadillas. Hoy soy feliz.